
Antiguamente, los hombres verdaderos nada sabían acerca del amor a la vida ni del odio a la muerte.
La entrada en la vida no les producía alegría; al dejarla, no oponían resistencia. Iban y venían tranquilamente.
No olvidaban cuál había sido su comienzo y no averiguaban cuál sería su fin.
Aceptaban su vida y gozaban de ella, olvidaban todo temor a la muerte y retornaban a su estado anterior a la vida.
Así pues, no existía en ellos la necesidad de que la mente se opusiera al Tao y de que lo humano resistiera a lo Celestial.
El camino del Tao
Alan Watts
Fotografía: Olivier Follmi